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Crónica: Arrastrada por la corriente de Deysi Díaz

Arrastrada por la corriente

 

Se inicia por ser hijo. En la mayoría de los casos,  se termina siendo padre ¡cuántas aguas corren en el tiempo! Vemos su recorrido; en momentos serena pero en movimiento, otras veces en total quietud como esperando ser contemplada en silencio aguardando por  el que busca en él descubrir los misterios que guarda con celos. Otras  veces se arremolina airado con deseo de destrucción de todo a su paso, de lo frágil, de lo sutil, de lo ligero. Sin medir su caudal  ni la capacidad en su delgado cauce. Pero, venga de donde venga  el agua siempre seguirá su rumbo.

 

Así fue su vida, la de esa niña llamada Antonela,  que viviendo por los años 70´ tuvo que descubrir su propia vida según se la fue presentando la fuerza de las aguas que fluyen de la naturaleza.

No, no crea que vivió en la selva sola, desamparada; ella al igual que nosotros nació y vivió con sus padres y hermanos conoció de la religión que profesaron, de su amor por Dios,  de la vida cargada de valores que le inculcaron mas con la acción que con las palabras, eso fue bueno aun ella lo cree así. Aun me pregunto ¿por qué ella se siente arrastrada por la corriente y al mismo tiempo atrapada entre las aguas? Cree no poder hacer nada, tiene en su mente lo difícil que es nadar contra la corriente  ya cansada permite que las aguas, hoy turbias, le golpeen hundiéndola cada día más.

A sus 14 años se vio frente a su primer puerto.  Fueron 14 años en un lago sereno donde nada pasaba; donde no hay historia para contar.

 

Sin darse cuenta ya no pertenece a ese lago; ve a su alrededor  solo confusión busca respuestas en su interior y solo puede ver aguas agitadas que golpean inclementemente su corazón. Debe  tomar una decisión: hablar o callar contarle a sus padres de un joven. Hoy, no cuenta su nombre, pero si su primera confusión de amor ese era un sentimiento desconocido, claro cómo conocerlo si a sus 14 años no recuerda un abrazo, un te quiero hija, un hermanita juguemos juntos, un feliz cumpleaños o ¡que bien que buenas notas tiene! Es que no había oído hablar de él, no lo vio en novelas, ni escucho de él en la radio, sus padres supieron disimularlo muy bien frente a ella el amor que se tenían o que le tenían a ella. No hubo amigas menos amigos solo estaba Marta su prima que veía ocasionalmente, de conducta liberal para la época.

 

 

Cierto día Marta invita a Antonela  al río. Antonela, quien no conoce el río quiso ir pero ¿cómo hacer para escaparse de la vista de sus padres? Marta lo planeo todo: día domingo, 9 de la mañana mientras los padres de Antonela asisten a la  Santa Cena, se produce la fuga.

 

 

Allí estaba el majestuoso río frente a sus ojos. De  él, sale el chico que pasaba frente a su casa. Marta que ya lo conoce se lo presenta, él habla mientras Antonela se deja llevar por sus palabras; extraña sensación ante una persona que le habla, que le toca las manos, luego besa sus labios la invade el susto pero aun así experimenta una extraña sensación ¡ya somos novios!  fue lo que el muchacho le dijo. Su instinto le dice que a riesgo de todo debe comunicárselo a sus padres. He aquí su segunda decisión; ese día tuvo que tomar una decisión, ella creyendo que era su amor  a pesar de sus miedos  determina hablar con su madre. Fue la tormenta que hizo que el río se saliera de su cauce. Sintió literalmente los primeros palos en su espalda, sintió como se le desgarraba el corazón en medio de la furia y del ruido grotesco de aquel horrible momento cuando por primera vez escuchaba una palabra que aun sin saber su significado  sentía que no le pertenecía:

 

 

 

 

–          ¡Ramera, ramera, ramera! Mientras la correa azotaba su cuerpo. -¡mañana vamos a la PTJ,  ese hombre va preso por lo que hizo! ¡Que confusión Antonela no sabía que había cometido un delito!

 

 

Esa noche levitaba, ella cuenta que sus orejas crecieron, que en su lugar había dos rescoldos que la quemaban. No recuerda sentir la cama ni la almohada.

Muy temprano la despertaron los gritos de su madre, habían cambiado su nombre

–          ¡Ramera , levántate es hora de ir a la PTJ –  Nuevamente  arrastrada por la corriente. No existe explicación ante el delito.

 

Un nuevo escenario;  cuatro estrechas paredes,  un secretario escribiente, un hombre de azul al otro lado del escritorio y al frente del mismo dos sillas en una sentada su madre, en la otra Antonela. Los rostros; el del señor, una mirada profunda; la de la madre, un rostro cargado de ira y la de la adolescente, una carita de terror  sin poder pronunciar palabras.

–          Señora ¿Cuál es su denuncia?

–          Quiero denunciar a un hombre que abusó de mi hija.

–          ¿Sabe usted quién es? ¿lo conoce? ¿Por qué dice usted que abusó?

–          No, no lo conozco pero salió con ella ayer

–          ¿Sabía usted señora que de no ser cierto, puede usted quedar detenida por injuria?  ¿tiene usted prueba del delito?

–          No pero yo quiero que la examine el forense.

–          Señora eso no procede ya que de no encontrar pruebas puede ser usted demandada.

 

Ante la advertencia y la duda, recurre la madre  a una doctora de un centro ambulatorio. La doctora manifiesta su incomodidad ante dicha petición aclarando que solo hará el examen si la menor así lo permite. Allí una tercera decisión; con voz temblorosa pero decidida la joven  acepta, quiere hacerse el examen que diga que ningún delito  ha cometido, que nadie  había tocado su cuerpo, que era una señorita y que si alguien la había violado esa era su madre.  Ella quería que le entregaran ese papel, ¡como lo quería! Para que cesaran los insultos y la falta de confianza, quería que ese papel hablara por ella que dijera que no había hecho nada malo.

 

Un segundo puñal al corazón; un examen vergonzoso, traumático, ante la mirada de la doctora, de la enfermera y la madre. Se produjo una profunda herida que creo nunca sanó.

 

 

Un segundo puñal al corazón; un examen vergonzoso, traumático, ante la mirada de la doctora, de la enfermera y la madre. Se produjo una profunda herida que creo nunca sanó.

 

Las aguas siguieron su curso aun agitada, seguía sonando aquel nombre, ya no había un libro, ni un cuaderno; no había un plato de comida servida, menos una mirada de perdón. Una joven que era robusta fue perdiendo la sonrisa, la poca seguridad al tiempo que su cuerpo se hacía mas delgado. Una cosa la aferraba a la vida era su deseo por estudiar ya que siempre sintió que era su puerta de escape.

 

Un año más tarde llegó a su vida un hombre once años mayor que ella  Manuel, quien le brindo refugio, atención, ayuda cuando aun sentía el castigo de su madre, la indiferencia de su padre y el desamor de su hermano. Ante los insultos que se prolongaron durante 2 años una cuarta decisión; ser la ramera es así que aun sabiendo que no conocía el amor decide entregar su cuerpo a ese hombre, refugiándose en la esperanza  de pronto terminar el bachillerato e irse bien lejos a estudiar una carrera universitaria. Al enterarse la madre en medio de insultos y golpes la echa de la casa. No  le quedó otra alternativa que dejarse arrastrar por la corriente. Toma una cesta de esas plásticas donde venían los cartones de leche Carabobo, allí colocó su ropa y sale a la calle, una sola alternativa ve: refugiarse en aquel hombre generoso sin detenerse a pensar que él no era el amor que ella soñaba.

 

Sigue  sus estudios, culmina su bachillerato, para entonces tiene un mes de embarazo aun sigue ingenua de la vida; quería una hermana para poder conversar y por eso a los 17 años una nueva decisión embarazarse para tener una hermana. A los 18 años no nace la hermana que esperaba sino un hermoso niño: su primer hijo. Cuenta Antonela que el amor de madre es superior a los obstáculos pero también lo es el de hija; ella en todo ese tiempo no dejó de visitar a sus padres aunque estos no le hablaran. Fue el día del nacimiento de su hijo  cuando la madre la acompañara angustiada por el riesgo de  muerte  que rodeó a esa joven madre durante el difícil parto producto de un preclance.

 

Los años siguientes transcurren en medio de sacrificios, necesidades lo que nunca le faltó fueron los sueños, las ilusiones y el amor para sus hijos ya

que seguía creciendo la familia con 2 hijos más. Sabe que por su familia debe cambiar debe hacerse fuerte, decidida que debe evitar ser arrastrada por la corriente. Está consciente de cada una de sus vivencias, de la necesidad de evolucionar. Está consciente de sus  sentimientos por su pareja el agradecimiento por todo el apoyo que cada día le brinda trabajando duro cuando se le presentaba la oportunidad. A simple vista se podía observar la diferencia entre los dos ella aun no lo nota o tal vez no era lo que a ella le importara es que era una mujer que no pedía más que cariño, amor sin importarle si había dinero para derrochar o un buen vestido o un carro solo quería conocer el amor. Para ella el crecimiento era algo personal, voluntario parte de la personalidad  Por eso nunca le dio importancia el hecho de que su marido no hubiese conocido las puertas de la escuela.

 

Al ir creciendo sus hijos quiere para ellos lo mejor, todo eso que no estaba en sus manos para darle, he aquí otra decisión radical, obtener un título universitario. Pero cómo hacerlo no tiene quien la oriente, tiene miedo de salir a la calle de  hablar, tiene mucho dolor atrapado en su pecho. Aun llueve por las noches cuando sus ojos color café se cubren de nubes.

 

Supo de un taller, sabía que algo tenía que hacer para superar su estado depresivo, un taller de autoestima, seguidamente un curso secretariado ejecutivo. ¡Que bien! Ya comienza a andar por aguas navegables, las que se tornan cada día más cristalinas. Es allí en el fondo de ese río puede descubrir un nuevo mundo, uno en donde el dolor se podía transformar en arte, descubrió que podía hacer que el dolor flotara y de esa forma sentir que ya su peso no la agobiaba. Una habilidad durmió con sus sueños, y apenas despertaba para decirle que el dolor  es mutable y y que ella escribiendo tendría la oportunidad de conocerse. Sin conocimientos teóricos pero con la mayor de las cargas emocionales da vida a su primera producción literaria que titula “La vida” recuerda que iniciaba con la siguiente frase: La vida, frágil como el hilo, la vida otras veces fuerte como el nylon… su  segunda producción se titula ¿Quién soy yo? Y una tercera producción  “Ser Venezolano”.

 

Un año más tarde culmina el curso de secretariado. Ya está preparada para trabajar  es recomendada como bibliotecaria en una institución educativa, allí descubre su vocación ante la necesidad de tantos niños  con dificultades de aprendizaje. Su deseo de ayudar la condujo a una nueva decisión  ya estaba clara hacia donde la llevaba la corriente. Cuatro años y medio ya en sus manos un título universitario, y la experiencia laboral. Pero no todo fue fácil una herida que nunca sana se produjo en ese tiempo ella tuvo que vivir el horror  de ver a su madre sufrir una terrible enfermedad, padeció el dolor de verla morir entre sus brazos pidiéndole a gritos ¡niña entrégame tu fuerza para vivir! ¡Hija dame tu fuerza para levantarme de esta cama!. ¡Oh qué dolor aquel, no existen las palabras que puedan describir la presencia de la muerte entre los brazos pero Antonela ya sabía que no podía sumergirse en ese dolor y he aquí una nueva lucha para escapar de la corriente que no para en arrastrarla. Es hora de una nueva decisión; cantar. Es así cuando a solo un mes de la gran pérdida forma parte de las filas de un coro y a los tres meses participa como solista en un festival.

 

Antonela tiene 40 años aun hay cosas que no conoce como  a sus 14 o 17 años. Vive el dolor de no haber sentido en su estómago mariposas de mil colores, ni nudos en su garganta. De no haber bailado toda una noche en una fiesta, de no escuchar cantar un cumpleaños feliz, de seguir callada, de no poder tomar  la decisión que no se atreve decir.

 

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