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Crónica de mi muerte – Por Deysi Díaz

Son muy fuertes estos benditos dolores; ya me han dejado postrada no tengo mas nada por hacer. Es irónico hasta el punto de causarme risa y llanto, pero, prefiero decir: risible mi desdicha que la dicha me ha desecho y me tiene postrada en mi lecho. No hay que estudiar mucho para comprender  la diferencia de un segundo entre la Faena diaria y el segundo de una moribunda. Te puedo asegurar que cada segundo de mí frágil vida se convierten en horas. He aquí lo contradictorio; que cada uno de mis días se cuenta en minutos. La intensidad con la que vivo, a la entrada de mi muerte, es tan insufriblemente inactiva y al mismo tiempo es intensa la vida virulenta que me ha tocado vivir desde que me arropó la señora de la noche; esa la que no tiene rostro que describir, que es fría y  pesada. ¡Si sabre yo que es pesada! Ya te dije no puedo ni moverme.

A no se cuantas horas  de mi muerte puedo asegurar que vivo el pasado vivo el presente y el futuro. Es que mi enfermedad es una rara composición entre estos tres momentos. Y se aloja en un espacio de mi acabado cuerpo que aun los médicos no han descubierto. Eso realmente no me importa. Por  eso decidí decirle al doctor que se largara al carajo. No hay medicamento para esta enfermedad y si la hay ningún ser de esta tierra ha evolucionado lo suficiente como para arriesgarse a experimentar. ¿Te dije que vivo tres momentos? Si te lo dije, ya lo olvide, total eso es diminuto ante lo que se ha quedado en mi mente y lo que creo me llevaré cuando cruce del otro lado, eso y una lista de peticiones que guardo debajo

 

de mi almohada para que cuando me levanten, me coloquen en mi última cama sepan que hacer con mi devastado cuerpo. Por sobre todo sigo siendo mujer, siempre quiero ser bella. No hay muerto al que no se le vele, que no se le llore; se que me lloraran, unos con llantos reales, otros por contagio, pero mas serán los que se acerquen al cristal y dirán: “¿la viste? ¡Tan linda que era, la enfermedad la consumió, quedó en los puros huesos!” pero no es eso lo que espero oír  por eso ya seleccioné mi traje. No me digan que es morboso que tenga mi traje de noche si lo tuve cuando nací; eso siempre decía mi madre, también cada año nuevo, en mis 15 años en mi matrimonio, hasta para firmar mi divorcio  compre un hermoso vestido negro.  En este viaje también quiero un elegante vestido de noche que pretendo lucir y para que esto se posible dejo también instrucción  de cómo acostarme en esa estrecha cama: Que mi cabeza no quede hundida  para ello colocar los trajes que están guardados en la maleta de cuero. Que mi cabeza no quede tirada hacia atrás porque solo quedará al descubierto las fosas nasales, pero que tampoco quede hacia delante porque dará la impresión de haber sufrido grandes desgracias que me hicieron inclinar el rostro. En esa lista  pido que coloquen una biblia abierta en Lamentaciones  cap. 3 versículo  4 al 6  que dice: “Hizo envejecer mi carne y mi piel; quebrantó mis huesos; edificó baluarte contra mí, y me rodeó de amargura y de trabajo. Me dejó en oscuridad, como los ya muertos de mucho tiempo” es una forma de desahogar mi dolor el del pasado el del presente y para marcar mi futuro.

Creo que no les he hablado de mi pasado. Viene a mi mente como una película. Se las haré  resumida porque ya no queda tiempo, cada dolor representa un hilo que se rompe de este traje que tejí durante los escasos 50 años de mi vida. Les contaré aunque cada recuerdo es la tijera con la que se corta cada hilo de mi traje.

Por amor fui esclava del cigarrillo, mas tarde del alcohol y las drogas, cada noche fumaba no se cuantas cajas de cigarrillos no fue mi culpa fue la amargura de verme casada con una mentira que aparecía en casa cuando se acordaba que tenía mujer no sabía que traería para mi si una golpiza o un ramos de rosas, o tal vez una violación en medio de su borrachera. No fue suficiente fumar  para no saber lo que estaba pasando;  para perderme, me decidí por el alcohol y un poco de marihuana así pase 5 años. Lo  último que recordé de esa historia fue la sala de un hospital tres costillas rota vendas en la cabeza y un collarín de allí a una sala de desintoxicación, un año en rehabilitación.

Luego un nuevo amor,  tres hijos a quienes amé más que a mi propia vida todo lo di por verlos reír  por verlos crecer felices, sanos, con estudios, ropa, casa. Nunca les pedí paga alguna, total, como dice la canción es un cuenta que no da na` ellos, mis hijos crecieron ¿la escuela? No la terminaron. ¿Hijos? Si, cada año paren  las dos hembras desde que cumplieron 14 años cada una dos niños cada uno con un padre. ¿El varón? Canas verde me ha sacado; mal hijo, ladrón, asesino, desde los 17 años.  Mi amado esposo, cuando me vio enferma se fue a comprar cigarrillos y más nunca volvió. ¿Ahora si reconocen mi enfermedad? Colóquenle el nombre  que mas le guste y seguramente sea cual sea el puto nombre que les den será un bello nombre al igual que es intenso el dolor que me desteje la vida.

Mi presente… trato de recordar un abrazo, un beso, un te quiero,  y no lo siento, ni lo veo ni lo escucho. Para no ser cruel diré: la memoria me está fallando. Pero cómo no olvidar si  ya no recuerdo ni como es la cocina de mí casa, ni la sala, ni la luz del sol, ni la frescura de la luna, menos como llegar al baño. Me han dejado sola creo que cada dos día cuando me visitan mis hijas lo hacen con la ilusión  de encontrar mi cadáver. En esa visita me traen un plato de comida recalentada y una bolsa de pan para el día siguiente colocan una jarra de agua al lado de la cama para cuando tenga sed o para que me tome un calmante, una ponchera con mas agua con un pañito para mi aseo personal. Cuando me creen dormida se van diciendo:   “ella ya vivió lo que le tocaba vivir, sigamos con nuestra vida que hay mucho por vivir”. Si solo supieran que un beso, un abrazo, un te amo mamá también son medicina que curan el alma, que alimentan el cuerpo, que nutren el espíritu, y alargan la vida.

Mi futuro esta lleno de incertidumbres ¿Cuándo dejare de despertar? ¿Cumplirá alguien con mis peticiones? ¿Quién llorará mi muerte? ¿Me recordará después de muerta? Lo que si es seguro que los gusanos comerán mi carne, que no me espantará la soledad ni lo lúgubre del sepulcro porque vivo las pasantías de mi muerte anclada en un frío y oscuro cuarto lleno de podredumbres ratas, cucarachas y gusanos.

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1 comentario

  1. natalia dice:

    Realmente bueno, no me canso de leerlo.

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