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Regreso a la montaña oscura – Por Nelson Baez Finol


Llegaba de la Campaña Admirable. Había dejado atrás la caravana. Cabalgó por el sendero de la ladera norte de la Sierra con el uniforme militar que siempre le gustó usar. El puñal se entibiaba contra su pecho y debajo latía agazapada la traición. Se lo habían entregado en reconocimiento por sus batallas de la independencia. Es un ejemplar, meseteño, único, doble globular ibérico tardío, fechado entre finales del siglo IV y mediados del II a. c., su inscripción decía: “No me saques sin razón, no me envaines sin honor”.

Oyó detonar los fusiles en la ladera del cerro, sintió como el aguijoneo de dos escorpiones. Los disparos lo derribaron del caballo. Aturdido se incorporó. Caminó unos pasos hasta el animal, lo aferró por las riendas, colocó el pie izquierdo en el estribo y montó de nuevo su caballo zaino, rumbo a Quito.

Volteó y vio un cuerpo tumbado boca abajo. No distinguió el rostro. La capa negra le escondía el traje, parte de las botas enfangadas y las charreteras; era un general. Debajo a un costado, despuntaba el pomo de un puñal. La penumbra nada mas dejó ver. El incidente lo había retrasado, por lo que aligeró la marcha.

Llegó por la mañana, con dos días de retraso, vislumbro la casona. Iba a pie con su caballo agarrado por las riendas. El fango del camino había manchado el uniforme y las botas militares. Estaba ansioso de abrazar a su familia. Alcanzo la entrada e inclinó su atención hacia su esposa. Ella estaba en el balcón, no lo vio llegar, tampoco su hija. Los perros aullaban y los pájaros revoloteaban. Llegó al umbral de la puerta, al final del zaguán, recorrió la planta baja y pasó por la octogonal fuente de agua, en su centro; una pila con las cabezas de cuatro sapos pequeños que echaban agua por la boca hacia los cuatro puntos cardinales como símbolo de regeneración y el paso de lo que es un contingente a lo eterno.

Cruzó las caballerizas. Los caballos se mostraban nerviosos. Entró en un salón enorme en forma de “L” invertida, donde subía una escalera, de lajas anchas. El pasamanos de hierro tenia varas perpendiculares en cuya parte superior y a continuación de una gran bola de acero, se hallaba la diminuta cabeza de un fauno con cuernos. En la parte inferior la efigie de una bella dama tomándose el vientre.

Arriba, en la pared, en el rellano de una espaciosa escalera, había un enorme Cristo crucificado.

En frente, tres reclinatorios: el de la izquierda, usado por la marquesa; el del centro, para el sacerdote, y el de la derecha, para el Mariscal. Un sillón de respaldar duro con la finalidad de enderezar su columna afectada por las largas cabalgatas.

Detrás, cuatro sillas, donde lo espera su madre, con traje negro, lo besó como cuando era un niño de siete años. También lo esperaban sus otros tres hermanos, para abrazarlo. Junto a otros diez familiares le saludaron, llenos de gozo.

En el recinto, había una imagen de la Virgen de las Merced y otra del Sagrado Corazón de Jesús. Esta parte estaba amueblada con sillas tapizadas de rojo. Los sillones de castaño oscuro estaban reservados exclusivamente para las reuniones familiares. A un lado, el balcón donde se asomaba su esposa y su hija esa mañana.

Sobre una mesa se lucia un candelabro confeccionado con once herraduras y se compilaban los ejemplares de diversos periódicos. Al lado un cofre de cuero; donde la Marquesa guardaba las cartas familiares. El cofre tenia en su tapa una estrella de cinco puntas.

 

En la casa existían tres estrellas similares, quien las descubriera, tendría buena suerte. La segunda estrella, está en el enrejado de la ventana y otra en la entrada de la casona.

 

Al lado de la mesa, en una vitrina se hallaba el libro de cabecera que le había inspirado tanto “Tratado de Castrametación o Arte de Campar”; un compendio de estrategias militares publicado en Madrid por un coronel cuyo nombre se hizo ilegible.

 

Se recostó cansado en el sillón de la mesa. Abrió un periódico, El demócrata de Bogotá y leyó en sus titulares “Acabamos de saber con asombro, por noticias recibidas del Correo del Sur, que el Mariscal ha salido de Bogotá hacia el sur del país”.

 

Las noticias del Sur aseguraban también que ya el General marchaba sobre la Provincia de Pasto, en la aproximación de un sector que llamaba La venta en las Montañas de la Sierra.

 

Las noticias aseguraban que el Mariscal regresó a Montaña Oscura. Unos campesinos lo vieron en solitario, con su caballo zaino por la ladera del norte de la Sierra. Un sendero estrecho a Cabuyal, con su capa negra, un impetuoso e impecable traje militar, botas lustrosas y un puñal contra su pecho.

 

Los campesinos lo vieron pasar hacia la montaña. Lo oyeron cabalgar en la Sierra. Lo oyeron silbar hacia el sendero.

 

También se oía un grito, ¡General!

 

Lo veían voltear, distinguían los fogonazos salir de los fusiles.

 

Los disparos detonaban con gran estruendo por el cerro. Salían del monte, lo encandilaron y derribaron del caballo. Sintió el aguijoneo del lado derecho de la cabeza y el otro en el corazón.

 

 

 

 

Ahora yacía en el fango, derribado del caballo, tumbado boca abajo. Logró ver como se alejaba un hombre con uniforme militar. Con las botas y la capa enfangadas. Vio el pomo del puñal y las charreteras, vio su rostro, lo conoció de inmediato.

 

Lo vio caminar unos pasos hasta el animal, sujetarlos por las riendas y colocar su pie izquierdo sobre el estribo. Lo vio montar su caballo zaino; rumbo a Quito. Lo vio disiparse en la Montaña Oscura.

 

Dos días después, abandonado en el fango. El puñal se entibia contra su pecho  y debajo latía la libertad agazapada. Un corazón que se negó a morir en traicionera emboscada.

 

Había sido víctima de las intrigas y las ambiciones personales. Asesinado cobardemente en la ladera norte de la Montaña Obscura.

 

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