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Una historia en el camino Por Deysi Díaz

Lleva el corazón agitado, la frente sudorosa, las manos frías. Esas mismas manos que buscan algo a que aferrarse. Por momentos llega a su mente los instantes más importante en su vida, así como no olvida lo que acaba de ocurrir; con que le hace sentir la presencia de la muerte.

 

Avanza por esos caminos, por donde  ha escrito su historia, ese mismo callejón que reconocen sus pasos entre la oscuridad de la noche. Un sendero que calla su historia mientras ella ríe o llora a su paso. Caminos que ocultan los desaciertos de su vida nocturna. Su historia queda plasmada a su paso sin poder ni siquiera borrarla. No puede recoger lo andado, ni lavar la historia de sus días aunque deje caer sobre el camino toda su sangre o todas sus lágrimas. Es que su camino va tatuado a su piel así como a su alma.

 

Ya no se escucha ese ritmo  seductor, sibarita, de su caminar ese que muy bien conocen los altos y afilados tacones de su calzado los que ella  luce con tanta elegancia.

 

Aunque todos saben de su oficio así como lo sabe la luna y las estrellas, así como lo sabe aquel camino que ahora se hace más largo y silencioso, nadie es capaz de mirarla a los ojos menos invitarla a una iglesia. No tiene una amiga a lo largo del camino donde tocar una puerta aunque en cada una de ellas, va dejando sus huellas; en otras, son sus bien cuidadas uñas las que se traen la pintura que cubren las lúgubres paredes ansiando que fuera una, solo una la puerta que se abriera y le diera cobijo.

 

silencioso, nadie es capaz de mirarla a los ojos menos invitarla a una iglesia. No tiene una amiga a lo largo del camino donde tocar una puerta aunque en cada una de ellas, va dejando sus huellas; en otras, son sus bien cuidadas uñas las que se traen la pintura que cubren las lúgubres paredes ansiando que fuera una, solo una la puerta que se abriera y le diera cobijo.

 

Pero la verdad es que nadie, pero nadie quiere ser testigo de la noche. Todos sabemos que solo al salir el sol es que se abren las puertas, se escucha murmullos en todas direcciones como rosario en vecindad donde todos gesticulan y pocos pronuncian palabras con sentido y sentimientos.

 

Fueron500 metros, tal vez un kilómetro el que pretendía recorrer para llegar a su colorida alcoba donde se esconde cada traje de la noche, donde se duerma a la luz del día y se espera la noche como la esperan las ratas que se deslizan por las cocinas.

 

Dicen que solo las sombras, a la luz de la luna y de los faroles,  fueron testigos. Que fueron 4 y ella en medio.

 

 

Eran 5 las siluetas de la noche.

 

Una sexta silueta se levanta, se paseaba entre sus manos en una constante danza por el momento, es la codiciada entre las cinco siluetas, la que llena los cuerpos de placer, de alegría de coraje para hacer el mal; esa era  la silueta de una botella. Dicen los que nada vieron que las siluetas reían, tocaban, desnudaban y tocaban y seguían tocando, golpeaban y seguían golpeando. Cuatro siluetas posaban sus manos sobre la silueta de ella. Al tiempo que jadeaban de placer o tal vez de odio de repulsión. Mientras ella gritaba como si le desgarraran no solo la piel sino también el alma como si los espantos de la noche vinieran por un intercambio de vida por muerte, gritaba como si los mitos y leyendas, de aquel pequeño pueblo hubiese tomado vida para atraparla; eran los gritos de las victimas dela Sayona, el dolor dela Llorona, el chiflido del Silbón. Nunca se dijo que las siluetas pertenecían al hijo de Josefa o la del marido de Marta, quizás la silueta del borracho de Juan Francisco o tal vez el muchacho que recién llegó  al barrio. Para todos solo fue una victima de las leyendas que aun viven en aquellos pueblos que solo oyen y nada ven.

 

 

 

 

 

 

Cuando a la luz del sol se pudo ver. Muchas puertas se abrieron y muchos pasos recorrieron aquel camino en busca de la historia del día; la que se escribió esa noche en un callejón de  quinientos metros o tal vez de un kilómetro. Una botella o lo que fue una botella; el pico de la botella pintado de rojo, a unos pasos unos zapatos de tacón alto, mas allá un diminuto vestido rasgado, ensangrentado, quinientos metros de sangre que como río se deja ver; caudaloso en su nacimiento y al paso va desapareciendo hasta agotarse, hasta morir.

 

Justo cuando ya no se puede seguir el rastro, un cuerpo inerte como serpiente dormida yace tendido en el camino una mano al cuello y la otra entre sus piernas. un seno a perdido pero lo que queda claro es que no era ella se trataba de el. El varón que se había ido y regresó convertido en mujer.

 

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