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Mercado y literatura (I) Por: Richard Sabogal

Muchos grupos durante décadas han considerado que los libros que son apoyados por el mercado literario y se venden arrolladoramente son mala literatura.

 

Sin embargo, poniéndonos marxistas podríamos decir que cuando se vive en un modelo de producción capitalista, el mercado no puede ser ajeno a ninguna producción humana, sin importar el producto que se genere. El mercado es una luz que nos baña completamente y esa luz genera sombra, y la única manera de encontrar las sombras es asumirla y entenderla, aunque esto sea molesto.

 

El tema es tenso, pero hay que reconocer que la literatura existe gracias al mercado, nuestros autores favoritos los conocemos gracias al mercado. A pesar de que mercado y literatura no se la lleven bien, ambos nacieron al unísono y por esto es indisoluble.

 

Muchos críticos dicen: “tal o cual escritor es un vendido se arrodilló ante el mercado; tal o cual otro escritor no se arrodilló le dio la espalda al mercado” ambos, no obstante, tienen como centro: el mercado.

En la sociedad capitalista la riqueza se conceptualiza como mercancía y la supervivencia, como la posibilidad de intercambiar las mercancías que producimos por las que precisamos. Productores que intercambian y consumen: productores sociales de mercancías, porque producen para los demás: red solidaria de interdependencias. Aunque el rico self made man lo crea, o lo crea el artista, ninguno de los dos es Robinson Crusoe. Ambos producen para intercambiar, ambos intercambian horas de trabajo por horas de trabajo de otros. No obstante, el particular tipo de percepción social que construye la forma mercancía hace que cualquiera pueda creerse Robinson Crusoe. Porque las mercancías parecen compararse por su cuenta en el mercado, la ilusión es que son independientes, que tienen un poder especial. Nosotros, los productores, somos quienes hemos producido los alimentos, las ropas, los productos culturales y los servicios que se precisan, pero como hechizadas, ellas se intercambian por su cuenta. Intercambiamos nuestros trabajos pero creemos intercambiar productos que tienen sus propias reglas. Nos borramos como protagonistas, hemos delegado en las mercancías nuestro poder de hacer.

 

¿La literatura es una mercancía? La respuesta es evidente: difundimos y adquirimos los libros en el intercambio mercantil. Aunque los leamos en una biblioteca, alguien pagó por ellos. No sólo la llamada industria cultural hace su negocio en el mercado: ni el libro más exquisito ni el pintor más exclusivo pueden sustraerse al intercambio obra por dinero y pocos se libran del agente o editor que se apropia de plusvalor en el proceso de producción de esa mercancía. Los escritores precisan dinero como todos: o venden su literatura, o venden fuerza de trabajo para otras tareas, o explotan trabajo asalariado. No hay otra opción, salvo robar.

 

¿Se salvan del mercado las editoriales alternativas o independientes? No. Estas le cobran a un poeta desconocido por publicarles su obra, pero invierten en imprimir un Paul Witchman o Neruda. Porque este tipo de autores dan prestigio a la editorial. ¿Se salvan las editoriales alternativas que ponen a consignación libros en librerías? No, de mayor o menor intensidad dependen del mercado. ¿Se salva el académico becado? No.

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