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De esas cartas jamás enviadas (ahora carta abierta) por Gusmar Sosa

Queridos Efraín y Benjamín Sosa, hijos…

La vida no es tan corta como la percibimos. Los sentidos suelen engañarnos y nuestra percepción es viciada por conceptos o sentimientos… O sentimientos que construyen conceptos, o conceptos que originan sentimientos… No es tan corta, tal vez, pero transitarla es complicada.

Algunas veces nos parece que los días, las semanas e incluso los años pasan disimulando y no notamos el transcurrir del tiempo. Es como si nuestra atención estuviera fija sobre un punto, un punto en el que el tiempo no avanza, y ese punto por lo general está adentro de nosotros mismos y suele llamarse insatisfacción.

En ocasiones la insatisfacción pesa tanto que nos estacionamos un momento y miramos hacia afuera, a nuestro alrededor, clasificamos los logros, medimos nuestro recorrido y entonces notamos el transcurrir del tiempo, comparamos y examinamos.

Otras veces no es el peso de la insatisfacción, sino los gritos de las mismas heridas que una vez nos cegaron ante la danza del tiempo, que sangran aún más y nos obligan a levantar la mirada al cielo y aunque pudiéramos percibir que mucho ha cambiado no nos importa porque por dentro somos los mismos; seguimos heridos, sin comprender, sin ánimos, desorientados, atemorizados, con miedo y mientras el tiempo avanza el miedo crece, tanto que atormenta, tanto que nos distancia de nosotros mismos porque en algún punto de la vía nos convertimos en nuestros propios enemigos.

El tiempo parece fugaz porque al detenernos parece tarde, hemos avanzado mucho en el trayecto de la vida; sin embargo, el tiempo siempre es tiempo, no es que transcurre, sino que transcurrimos nosotros en el espacio y a través del tiempo.

Pero algunas veces te detienes por cansancio y otras porque has entendido que debes hacerlo. Lo cierto es que al detenerte miras alrededor y notas todo el cambio fuera de ti: la gente ha envejecido, rostros nuevos te rodean, han cambiado las estructuras físicas, los eventos históricos. Te das cuenta del degaste de las paredes, hay muchos cambios; solo un mínimo sigue siendo igual.

Observas tu rostro en el espejo y lo ves. No es tu rostro, en él hay estragos del tiempo transcurrido… Es allí, dentro de tus ojos, del otro lado de ese par de ventanas que dan al alma.

Los recuerdos de repente pueden tocarse, te preguntas cuántos años han pasado, dos, cinco, o tal vez diez; ves dentro de ti, los sentimientos no se han desgastado ni envejecido, más bien parecen más fuertes; notas que ellos te desgastaron a ti, ellos son los que te han obligado a detenerte, los que provocan tu cansancio.

Hay sentimientos que te mantienen distraído mientras transcurres en el tiempo. Si han dicho hasta ahora que la vida ha sido fugaz, no es cierto.

Basta enumerar  los recuerdos, pasear con ellos, sentir el espesor del pasado que nos acompaña desde la última vez que nos detuvimos frente al espejo; son muchos recuerdos, no han podido espejo; son muchos recuerdos, no han podido transcurrir en una vida fugaz, es mucho el andar sobre el tiempo. Y si despiertas dispuesto a reconocer cada recuerdo contra los que luchaste para suprimirlos, terminarás susurrándote a ti mismo frente al espejo: “no es tan corta la vida, he perdido tanto tiempo…”

Es un lamento, son las ganas de recuperar los pasos dados, pasos con los que frente al espejo se construye el pasado, todo ha podido ser tan distinto, pero ya nada puede hacerse, solo queda el camino por recorrer… Sí, podríamos evitar lamentarnos más adelante, es todo lo que podemos hacer… Y ese todo puede ser suficiente.

¿Se puede reconstruir el pasado? Yo creo que sí, el pasado siempre va cobrando y entregando vida, mientras avanzamos él va avanzando. Y si nos detenemos allí se detendrá, junto a nosotros, sentándose al lado nuestro, sonriendo si sonreímos, llorando si lloramos. Dispuesto a alimentarse de nuestras quejas o gratitud. Y al levantarnos, se levantará también.

La vida no es tan corta, los sentidos nos engañan, perdemos tanto tiempo… Yo lo entendí aquel diecisiete de noviembre cuando desperté con agonía… La vida es la expresión más real de la agonía, así lo veo ahora.

Creo que uno vive realmente cuando se hace consciente de la vida. Aquella mañana mis ojos se enfrentaron contra una tenue y armoniosa luz matutina que bautizó mi memoria, por espacio de dos o quizá cinco segundos estuve perdido; fue como nacer, supongo que así se siente uno al nacer. Desnudo de palabras, falto de conocimiento, sin conceptos para definir el estado emocional, ignorando el origen, sin saber si quiera si hay un origen, sin imágenes para asociar lo observado; sin saber si fue  temor o asombro lo que sentí porque fue como si nunca antes sentí mi corazón latiendo con tanta intensidad… Tal vez así es nacer. Y así desperté, como naciendo, agonizando, vivo… Dispuesto a construir un nuevo pasado para recordarlo mañana y contemplar desde el presente un mañana con armonía, sintiendo la vida plena, sonriendo porque los desaciertos fueron aciertos que me llevaron hasta allí…

Hoy, recordando aquella mañana, les escribo esperanzado en que esta carta en sus manos y recorrida con sus ojos les permita entender que vivir es agonizar a diario, es despertar cada momento y mirar hacia adentro para extenderse al horizonte; que vivir es escucharse a uno mismo lamentándose y reír, y con la risa burlar los fantasmas que distrajeron el llanto… Que el pasado soy yo y son ustedes, que también soy presente y futuro, que también ustedes son presente y futuro… Nunca fugaces… Sino tan extensos como el camino, ese camino que llamamos vida… Y que al final del camino, cuando fundidos con el horizonte vuelvan sus rostros para mirar el trayecto recorrido, sonrían porque entendieron la vida, porque vivieron la vida…

Autor de “La fe de mi Padre”, publicado por Christian Editing en el libro “10 Excelentes Historias Jamás Contadas”

Proponente de un cristianismo como escenario y estructuras débiles para el sistema cristiano en tiempos postmodernos…

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