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La exposición de los Clandestinos

Por Leonardo Alezones Lau

El sábado 23 de Junio se efectuó en la sede de la Casa Instituto del Ateneo de Valencia, Patchanka, un evento que prometió dejar atrás los convencionalismos del arte, para apoyar a un grupo de artistas emergentes, denominados “clandestinos”. En una especie de fiesta exposición con dos ambientes compartidos, se pudieron observar en los espacios expositivos trabajos de jóvenes como Benjamín “El Héroe”, José G. Hernández, Yholfran Ochoa, Lauren Bianchi, Yoamelis Rodríguez, Jose M. Vargas, Edson Caceda, Leonardo Almao y Kehylee Degano. El espacio de la casa colonial a puerta cerrada dió paso a la experiencia de la noche, mientras los Discjockeys sonaron entre muchos reggae, dance hall, salsa brava y cumbia. Dado que la fiesta se compartía con la muestra, se dinamizó mucho más la experiencia de ir con frialdad intelectual a contemplar la obra, sino que se dió todo un compartir energizante entre el público asistente, la música, el trago y las obras.

El primer trabajo con que me topé, fue un collage de Edson Caceda, tuvo la precisión rítmica de escoger cada retazo en detalle y combinarlos con el tono y peso apropiado del color, dominado por colores cálidos naranja, carne y sepia sobre rojo resaltaban un personaje curioso, que acompañado del recorte de la parte de atrás de una buseta, parecía esgrimir un mensaje hacia lo que podríamos llamar una suerte de invocación a nuestra cultura actual, la cual consideraría como centro, que los pueblos de Suramérica somos niños empezando a caminar.

Seguido de éste, llegamos a la obra de Faride Mereb, Ilustradora de oficio, quien además, de haber tomado con anterioridad espacios destinados para la plástica con ilustraciones, cosa que precede su situación como una rompedora de esquemas, la cual muy pronto tuve la grata noticia de saber, hará su primera exposición individual. Nos muestra una fotografía de un ave muerta; llena de moscas, conjugada 2 veces desde tomas diferentes acompañadas con letras metálicas en relieve, un marco de cartón duro y la sorpresa de encontrar en su trabajo un verso de Miyó Vestrini contextualizando todo.

Benjamín “El Héroe”, esta vez denominado en la expo como “EL HERO”. Abordó hojas de color fluorescente en morado, azul cielo y amarillo; mostrando diversos animales en plumilla, cada uno con un gorro por calzar a cierta distancia de sus cabezas, cómo si estuvieran por invadirse de una humanidad onomatopéyica, que distinguiera los rasgos de su condición psicológica: un gallo con gorro de shulo, de la cordillera andina; un perro con gorra de béisbol y un bulldog con anteojos y gorro de aviador .

Lauren Bianchi, nostalgia e invitación al viaje, usó colores cálidos en una suerte de marco lisérgico,  muy bien llevada con pocos elementos logró figurar un maravilloso perfil de mujer, que de manera curiosa me hizo recordar el rollo del arte pop norteamericano, pero con la sutileza de un trópico perdido y asediado secretamente.

José G. Hernández, sorprendió el espacio con un lenguaje celular, apoyado en la nada con dos cuadros uno seguido del otro, en algo que intrépidamente pude leer y sentir una invasión orgánica.

Yolfrán Ochoa, intrépido, tomó por asalto la pared con una grafía poética, la cual en mitad de la noche llegó a rematar, colocando sobre ésta un marco antiguo, en una muy buena utilización del espacio y el concepto.

Kehylee Degano, expuso una fotografía genial, donde un juego de perspectiva mostraba personajes sobre pancartas colgantes, de lo que parece una muestra museística y que denotan una variedad de actitudes llamativas que logran mantener una tensión psicológica en el espectador.

José M. Vargas, mostró 3 cuadros, conjuntos de madera sobre los cuales un papel bastante endeble tenía dibujadas sobre sí personas en poses reveladoras, dejando ver en transparencia lo pintado en la madera y cada una  con una negativa radiográfica pegada al centro de la madera, prácticamente colgando de éstas.

Luego Yoamelis Rodríguez, trayendo sobre la mesa lo imposible del erotismo, con fulgor ecléctico, dando textura a cada pincelada, mostrando quizá la deformidad del sexo tan explotada en estos días por los medios de comunicación en sus asociaciones de consumo, o tal vez simplemente atreviéndose a ser ese mutismo doloroso del amor de tacones altos.

Llegando a Leonardo Almao, presenciamos la mística de las ciudadelas protegidas por sus seres nocturnos merodeadores, los gatos, pero expresándose desde el color en una actitud diurna, casi a punto de bullir cada uno en color y textura; la resurrección de la infancia se presenta en este pequeño juego de cuadros para hablarnos de algo más, la ciudad nace con sus seres devenidos.

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